‘Delenda est Hamas’, por Lorenzo Bernaldo de Quirós

El ataque de Hamas contra Israel el pasado 7 de octubre dejó más de 1.200 muertos, el mayor número de judíos asesinados en un día desde el Holocausto. En respuesta, el Estado israelí ha iniciado una campaña militar contra ese grupo terrorista en la franja de Gaza. Estos son los hechos: una agresión salvaje, justificada de forma explícita e incomprensible por amplios sectores de la progresía, incluido el principal socio del actual Gobierno de las Españas, la coalición Sumar. En amplios sectores de la izquierda ha ido ganando peso una idea: la ilegitimidad de origen y de ejercicio de Israel como entidad estatal.

Y esa es la posición sostenida por Hamas desde su creación. Así lo refleja con claridad su carta fundacional de 1988, cuya reformulación en el 2017, con un lenguaje menos brutal, no ha alterado lo esencial: la negación a Israel del derecho a existir; la implantación de un Estado islámico, un sistema totalitario-fundamentalista desde el Mediterráneo oriental hasta el río Jordán y la llamada a la yihad, a la lucha armada, para lograr ese objetivo. Un ideario idéntico al profesado por sus correligionarios del fundamentalismo musulmán desde Hizbulah a Al Qaeda.

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Perico Pastor

Pero el enemigo de Hamas no es solo el Diablo Sionista, sino el histórico Al Fatah, liderado por Mahmud Abas, presidente de la Autoridad Palestina (AP). Su carácter laico y su reconocimiento del Estado israelí solo tienen una calificación para los hamasíes: traición. Esto se ha traducido en un conflicto intermitente, de intensidad variable entre las dos organizaciones. Un año después de la retirada israelí de la franja de Gaza en el 2005, Hamas ganó las elecciones legislativas palestinas. El siguiente derrocó y expulsó de esa zona a la AP, impuso en ella un régimen de terror y la convirtió en una plataforma para actuar contra Israel y contra los palestinos contrarios a sus ideas y a sus actos.

La política israelí en Gaza y, sobre todo, en Cisjordania es cuestionable y, en numerosos aspectos, ha de ser cuestionada y revisada. En concreto, Israel ha permitido en unas ocasiones y fomentado en otras asentamientos en Cisjordania que son ilegales conforme al derecho internacional. Este es un asunto que resolver, pero eso no se conseguirá mediante la violencia.

Es inimaginable que cualquier Estado, cuya primera obligación es proteger la vida y la seguridad de sus ciudadanos, mantenga una actitud de pasividad ante quienes le atacan y as­piran a destruirle. Por añadidura, eso es impensable en el pueblo víctima del Holocausto cuya supervivencia desde la constitución del Estado de Israel ha estado siempre amenazada y sigue es­tándolo, como lo ha demostrado la agresión perpetrada por Hamas hace dos semanas.

Lo prioritario es derrotar de manera rotunda a Hamas, no cabe repetir el error del 2008

Por otra parte, la contraofensiva israelí está respaldada por el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, que otorga a los estados el derecho de legítima defensa contra ataques armados, siempre que la fuerza empleada sea necesaria y proporcionada. Conforme al derecho internacional consuetudinario, la proporcionalidad no significa simetría en el tipo de armas utilizadas o en el número de víctimas causadas, sino que el Estado agredido puede utilizar tanta fuerza como sea precisa para hacer frente a la amenaza. En paralelo, es preciso recordar algo importante: la Convención de Ginebra establece que todo lugar civil empleado para fines militares se convierte en blanco legítimo de ataque.

En estos momentos, lo prioritario es derrotar de manera rotunda a Hamas. No cabe repetir el error del 2008, cuando el acuerdo de alto el fuego solo sirvió para fortalecer sus capacidades bélicas. Las operaciones convencionales emprendidas por el ejército israelí tendrán éxito, pero la fase final de la campaña adoptará de manera inevitable la forma de guerra urbana, dada la red de infraestructuras militares construida por Hamas en los barrios; el número de terroristas dispuestos a combatir; la densidad de población existente en Gaza, y el uso de los civiles como escudos humanos por los terroristas, decididos a inmolarlos y utilizarlos como arma propagandística para obtener el favor de la opinión pública.

¿Existe el peligro de una extensión del conflicto? Ninguna de las potencias de la región tiene interés alguno en ello, salvo Irán, que podría actuar a través de Hizbulah. Si este grupo se suma a la guerra, Israel responderá y el resultado sería una brutal desestabilización de Líbano. Así ocurrió cuando la OLP se replegó a territorio libanés en los años setenta del siglo pasado tras ser expulsada de Jordania. El otro gran enemigo israelí en la zona, Siria, no está en condiciones de intervenir y el resto de los estados árabes contemplan a Hamas y lo que representa como una amenaza a su estabilidad. La última posibilidad sería una nueva intifada en Cisjordania, cuya materialización no es imposible pero sí improbable.


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Lo relevante es el día después de la derrota de Hamas y es muy complicado aventurar qué pasará. La Autoridad Palestina está muy desprestigiada. No es capaz de garantizar una estabilidad mínima en Cisjordania y, en la actualidad, no existe otra alternativa moderada con prestigio y credibilidad para sustituirla. Ante este panorama, Israel no tendría otra opción que asumir el control de Gaza durante un tiempo indeterminado, lo que quizá exacerbaría la militancia palestina e inmovilizaría un cuantioso volumen de recursos militares y económicos israelíes en una campaña de contrainsurgencia abierta.


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