El rey emérito trata de normalizar sus visitas a España tres años después de su marcha y pese al distanciamiento con su hijo

Juan Carlos I concluyó esta semana su tercera visita a España desde que se marchó repentinamente a Abu Dabi (Emiratos Árabes Unidos) en agosto de 2020 para tratar de poner distancia entre las investigaciones judiciales sobre su ingente patrimonio y el reinado de su hijo. Durante esta última estancia, de siete días, el rey emérito patroneó su velero, el Bribón, en las aguas atlánticas de Sanxenxo y degustó marisco de la zona, encargado especialmente para él por su anfitrión, su íntimo amigo Pedro Campos. El martes, ya de camino al aeropuerto de Vigo para tomar un jet privado de vuelta al Golfo, afirmó que estaba “muy contento” y anunció a los periodistas que volvería “pronto”.


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Esta breve declaración y el hecho de que entre su segunda y su tercera visita hayan pasado apenas tres meses evidencian que el monarca trata de normalizar sus viajes a España tres años después de su su exilio (supuestamente voluntario) en la capital de los Emiratos Árabes Unidos y cuando parece que se cierra la vía para que pueda pasar el tiempo de vida que le quede en España, como era su deseo. Y todo ello, en medio de un más que evidente alejamiento con la actual Jefatura del Estado, que en los dos últimos viajes ha tratado de marcar distancias con el rey emérito ante el desgaste en términos de imagen que supone. 

Tras fijar su residencia habitual en Emiratos, Juan Carlos I volvió por primera vez a España en mayo del año pasado. Una visita ante la que el Gobierno se puso de perfil al dejar en manos de la Casa Real la rendición de cuentas que había exigido el presidente, Pedro Sánchez. Ese viaje motivó también un tremendo revuelo mediático que causó malestar tanto en el Ejecutivo como, según se dijo, en la Casa del Rey. 

Entonces, tras participar en las regatas en Sanxenxo, Juan Carlos I se trasladó a Madrid, donde fue recibido por su hijo en la que había sido su residencia durante lustros, el Palacio de la Zarzuela. El encuentro se prolongó durante más de diez horas, aunque no estaba recogido en la agenda semanal, que tenía ese día en blanco, y tampoco se difundió una fotografía del reencuentro familiar tras veinte meses de separación. La Casa del Rey se limitó a emitir un escueto comunicado sin reproche alguno al rey emérito y que dejaba la puerta abierta a que pudiera volver a establecer su residencia en España. 

Pero las imágenes del emérito en el velero Bribón agasajado por sus amigos millonarios y las autoridades locales molestaron al Gobierno, al considerar que perjudicaban, principalmente, a su hijo. También la propia Casa del Rey mostró incomodidad por la presencia del padre del monarca, cuyos movimientos fueron televisados en directo. 

Esa visita dejó también una frase lapidaria del monarca cuando una periodista presente en Sanxenxo le preguntó por sus irregularidades fiscales y los escándalos que sacudieron el final de su reinado y el inicio del de su heredero. “¿Explicaciones de qué?”, contestó en tono chulesco Juan Carlos I, obviando que su marcha de España se debió a un acuerdo con su hijo para no dañar la imagen de la monarquía en un momento en el que la Fiscalía le investigaba por unas irregularidades fiscales finalmente archivadas gracias, entre otras, a la inviolabilidad de su antiguo cargo. 

Sin contacto con Felipe VI

A diferencia de entonces, en los dos últimos viajes el rey emérito ha mantenido una actitud más discreta, sin recepciones oficiales ni dispositivos especiales. No se programó ningún contacto con Felipe VI, que está pasando estos días en el Palacio de Marivent, la residencia oficial de la familia real en Mallorca. Sí ha trascendido que en esta ocasión se encontró en Galicia con una de sus hijas, la infanta Elena. En todo caso, estas dos últimas visitas han revelado la ruptura definitiva del actual rey con su padre, al menos de cara a la opinión pública ya que todavía quedan cuestiones económicas fundamentales. 

De hecho, aunque Juan Carlos I sigue siendo formalmente miembro de la Familia Real, la Zarzuela ya no lo considera así ‘de facto’. Por ejemplo, se ha desentendido completamente de su agenda a pesar de que sí sigue informando de la actividad de la reina emérita, Sofía de Grecia. “Ventanilla equivocada. Nosotros no tenemos, ni damos, ni confirmamos nada relacionado con don Juan Carlos. Es él quien hace público lo que considera conveniente por sí mismo, por su abogado o por eso que en medios llaman ‘su entorno’”, afirmó un portavoz de la Casa del Rey la pasada primavera al ser preguntado por detalles del segundo viaje del monarca emérito a España. 

En el último año, Felipe VI y su predecesor en el trono solo se han visto dos veces, que haya trascendido. Ambas, en funerales reales. La primera, tras la muerte de Isabel II de Reino Unido. La segunda, en el funeral de Constantino de Grecia, hermano de Sofía y, por lo tanto, cuñado de Juan Carlos de Borbón y tío de Felipe VI. No constan más contactos entre ambos. 

A pesar de ello, Juan Carlos I ya dejó claro en la primavera del año pasado que volvería a España “con frecuencia” y que organizaría su “vida personal” y lugar de residencia en el “ámbito privado”. Con esa coletilla, Felipe VI y el Gobierno se ahorran el trago de que se hospede en Zarzuela o dependencias de Patrimonio Nacional, aunque el monarca sí sigue utilizando recursos del Estado para su protección y desplazamientos. Así lo comunicó la Casa Real a través de una carta que el exjefe del Estado envió a su hijo y en la que lamentaba “los acontecimientos pasados” de su “vida privada”.

Problemas legales pendientes

La misiva se hizo pública tras el archivo de las investigaciones que llevaba a cabo la Fiscalía contra él por las presuntas comisiones ilegales por la adjudicación del AVE a La Meca, el supuesto uso de tarjetas opacas sufragadas por un empresario mexicano y la fortuna que ocultaba en la isla de Jersey. El Ministerio Público concluyó que el que fuera jefe del Estado durante casi cuatro décadas se enriqueció de espaldas a Hacienda, pero los posibles delitos o estaban prescritos o se cometieron cuando era inviolable o fueron regularizados ante la Agencia Tributaria. 

Despejado el camino en España, el rey emérito libra en el Reino Unido la que puede ser su batalla jurídica más comprometida. La empresaria alemana Corinna Larsen, con la que mantuvo durante años una relación extramatrimonial, le reclama 126 millones de libras (unos 146 millones de euros) en concepto de daños y perjuicios en el marco de una demanda por presuntas amenazas para que no sacara a la luz documentación que pudiera “incriminarlo”. 

Según Larsen, Juan Carlos I inició “un patrón de conducta equivalente al acoso” a partir de 2012, a raíz de la ruptura total de sus relaciones, y se mantuvo hasta la fecha de presentación de la demanda, en diciembre de 2020. Por el momento, la justicia británica ha determinado que todos los supuestos actos cometidos tras su abdicación en 2014 no estarían protegidos por el privilegio de la inviolabilidad que recoge la Constitución española. Resuelto ese frente, los abogados del monarca han reclamado la desestimación de la demanda con el argumento de que los tribunales de Reino Unido no son los competentes al respecto. 

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