Normal para la época, por Sergi Pàmies

Noticias de Atapuerca: los paleontólogos creen­ que, hace un millón y medio de años, la Península sufrió una glaciación que acabó con la especie humana. “De tener un clima mediterráneo pasamos a un clima como el de Siberia”, afirma un experto. La broma duró cuatro mil años, tiempo suficiente para relativizarlo todo y esperar a que la glaciación desapareciera, y volviera, no sé si en versión mejorada, la especie humana.

Es la misma especie que hoy certifica un cambio climático que moviliza más aspavientos que medidas de aplicación inmediata. La certeza del calentamiento del planeta, sin embargo, no nos permite asimilar qué dimensión tiene en un escenario más intertemporal. Esta conciencia, necesaria, también utiliza, como correa de transmisión pedagógica, la información meteorológica. 


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LV  

En Catalunya se observan dos escuelas. Tomàs Molina o Alfred Rodríguez Picó sitúan las olas de calor en secuencias serenamente relativas. Otros meteorólogos (no los nombro a todos porque son muchos; de hecho, son mayoría) no renuncian a la excitación que les causa la excepcionalidad de los registros y a practicar un vigor deportivo al informar sobre récords de temperatura. También explican que la acumulación de datos no es uniforme y que cada pueblo, país y continente está sometido a “desde que hay registros”.

La certeza del cambio climático no nos permite asimilar qué dimensión tiene

A veces la prisa por darle emoción a un récord de calor (o de frío) sitúa el precedente en un año determinado. Si la última vez que hizo tanto calor fue, pongamos por caso, en 1999, podemos sospechar que es un dato relativamente inútil y que sería más importante saber la media, que sí confirma una tendencia. Otro recurso consiste en hablar de lo que es “normal para la época”. Se utiliza como analgésico contra el pánico o referencia si las temperaturas se ­disparan.

Sin embargo, ahora que llegan estas noticias de Atapuerca, ¿de qué época estamos hablando? ¿De qué normalidad? Y si, desconcertados, intentamos confrontar los datos del cambio climático con nuestra propia memoria climática, enseguida tendremos que admitir que no nos acordamos lo suficiente para convertirla en un dato fiable. La experiencia, en este caso, no sirve para nada. Es, como dice el proverbio chino, un peine para calvos.

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