“Si leen manga en el colegio, más niños se interesarán por leer”

Cuando era niña, Maddi Rivas (Hondarribia, 1997) siempre hablaba del momento en que la profesora decidía su nombre y su hijo leía en voz alta. Fue malo para él. Muy mal. Tanto es así, que las letras se intermezclaban y las palabras dejan de oírse cuando salen de tu boca. Al principio pensé que era por los nervios, pero inmediatamente me di cuenta de lo que pasó. Al escritor le pasó lo mismo. Tus compañeros están felices y ni tus padres, ni tus profesores, ni siquiera tú piensas dedicar muchas horas al estudio, cosas que no se pueden ignorar. La respuesta ya no estaba clara de que fuera un adolescente: era disléxico.

“Saber eso no cambia nada del día a día, pero fue un alivio tener un diagnóstico. Me liberé para encontrar una explicación a lo sucedido”, reconoce. La Vanguardia del salón Manga Barcelona, ​​donde estos días no sólo se han convertido en uno de los manga y anime más conocidos del mundo hispanohablante, gracias al canal de YouTube Umaru-chan, sino porque no ha publicado su primer libro, Cuando mi dolor se convirtió en amor (Ediciones B), al explicar su historia y esta distorsión del aprendizaje a sus lectores. “Necesito decidir que la chica está escribiendo un libro y no me lo creo”, reconocen.

Sabía que era disléxica no cambió mi día a día pero era un alimento con diagnóstico»

Asun, profesora de inglés, fue quien dio la pista de lo que se pudo pasar. “Hijo es disléxico y me preguntaba si él también lo era porque escribimos igual. Te dije que no, pero a partir de ese momento sí, me pasó por la cabeza para poder tomar una decisión positiva también».

Cuando esto pasó, Maddi tuvo un momento en el que descubrió que, aunque lo hubiera pasado mal en el colegio, en casa podía divertirse como en ninguno de los libros. “Si no me metían prisa ni me obligaban a pronunciar nada en voz alta, todo fluía. Lo hizo por mí y si no entendía una frase, se daba la vuelta y me la transmitía. Fue sencillo. Y eso es gracias al manga, que me hizo entender que la lección no podía ser un castigo.»

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Pasaba año nuevo cuando en la biblioteca municipal de su ciudad, Hondarribia, recibí un tomo de Canasta de frutas, el manga escrito por Natsuki Takaya. “Me llamó la atención que se leía al revés y que era tan visual. Así que repasé las páginas y la historia, leí este y los siguientes tomos prestados. No se parece a nada de lo que leemos en clase. Estoy seguro de que si en los colegios se leen cómics y manga, más niños se interesarán por la lección y podrán dar el salto a otros libros y novelas más extensas. Si me pasara a mí, a quien la lectura requería una carga real y un esfuerzo extra, podría pasar por el mundo entero”, reflexiona.

El manga no sólo hizo que Maddi amara lo que tanto la había hecho sufrir, sino que también la animó a conocer una nueva cultura, la japonesa, y a adoptar una nueva estética, la otaku, con la que se sentía identificada, por lo que luchó con la personajes de esas nuevas historias que iba descubriendo.

El manga me enseñó que la lección no puede ser un castigo.»

“El problema es que los niños son crueles y los adolescentes son aún más crueles. Y el instituto empezó a burlarse de mí por tener personalidad propia”, afirma Rivas, quien se queja de que el auxiliar escolar sigue presente en los centros aunque, “por su parte, cada vez habla más y es más aceptado”. que en años anteriores no ser del Montón. En mi época yo era diferente y penalizado, por eso opté por mimetizarme con el entorno y convertirme en una persona gris».

Entendí que el hub se activaba de otra manera, “aunque es fácil decidir cuando algo ya pasó. Sin embargo, viajaría al pasado y le diría a Maddi que no debería parar y que seguiría haciendo lo que más le gusta y que hoy la sacó de donde está. No es algo que pueda hacer, pero espero que mi historia me inspire y le tome de la mano todo lo que estoy pasando a partir de él. El manga no tiene fin. Al contrario, ahorra”, concluye.

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